Siempre me he considerado una persona estándar en cuanto al sexo se refiere. Creía que mis fantasías, gustos y preferencias eran las normales, pero quizás estaba equivocada. Me he dado cuenta de que el olor me pone (y mucho). Y no, no me refiero al desodorante que anuncian en la televisión, que se supone nos trae a todas locas. Me refiero a olores auténticos, impactantes.
Es lo que sucede cuando, después de una larga sesión de sexo salvaje, la habitación acaba impregnada por los flujos de ambos, por el sudor de los dos y por un olor que es muy característico. Yo hace tiempo que no me veo en una de estas (acompañada), pero hace muy poquito me pegué un homenaje yo solita.
Mi marido y mi hija se marcharon al cine, a ver una de dibujos animados que yo cada día aguanto menos. Alegué un gran dolor de cabeza para -ironías de la vida- entregarme completamente al onanismo. Primero con el agua de la ducha, después con la mano, luego con el juguetito. Aquello terminó siendo vicio, un vicio total. Me volví loca: restregaba mis braguitas contra mis partes bajas y, al olerlas, me excitaba mucho más. Tuve cinco orgasmos: lo dicho, estoy muy perra.
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